Una nueva era

Capítulo 1: El baile de la muerte

“Civilizaciones caerán y civilizaciones se erigirán en su lugar, pero la barrera entre la realidad y la liga de la justicia resistirá férrea, impertérrita. Los arcanos mantendrán el sello con su magia vital a lo largo de los siglos, ajenos al mundo que evoluciona fuera. Sus campeones, condenados a repetir las mismas batallas, derramar la misma sangre, morir y matar una y otra vez hasta perder el recuerdo de su propósito en la lucha. Todos desempeñarán su papel hasta la llegada del padre”

Malzahar, el profeta del vacío

lucianvstresh

Dibujo: Lionsketch| Web: http://lionsketch.deviantart.com/art/Thresh-Vs-Lucian-Fan-Art-481879820

 

Comenzó como un cambio sutil en la atmósfera. Como en esos minutos previos a una lluvia torrencial en un día bochornoso, el aire enrarecido parecía avisar de la inminente catástrofe. Para cuando los luchadores de La Grieta se dieron cuenta de que algo sucedía, los arcanos ya se temían lo peor y empezaban a organizarse.

Siempre se temió que este momento llegaría, pero todos albergaban la esperanza de que la profecía no llegase a existir más que en sus pesadillas. Y por ello no habían ideado ninguna medida de contención, como si el mero hecho de hablar del tema fuera una forma de atraer a la tragedia.

Pero ahora la tragedia se abría paso hacia este plano. La presión ambiental aumentó hasta tal punto que ni siquiera la más poderosa de las criaturas de La Grieta era capaz de moverse. Un quejido pulsante que aumentaba la cadencia, como si el propio corazón de los campos de la justicia palpitase azotado por el miedo. El ruido resonaba en las mentes de todos, cada vez más rápido, cada vez más fuerte, cada vez más insoportable. Los gritos de agonía se ahogaban por los tambores de la destrucción inminente…

Y de pronto cesó. Al fantasmagórico sonido le siguió un estruendoso silencio. Angustia y expectación se respiraban en el entorno. Parecía que el suceso no iba a terminar todavía.

Una explosión púrpura y la realidad se rasgó dejándole entrar. Donde antes no había nada, ahora había vacío.

Los arcanos sabían perfectamente lo que iba a ocurrir. Sabían también que iban a necesitar toda la energía que pudiesen canalizar, pero la mayor parte de esa energía llevaba toda esa era invertida en una tarea crítica: mantener la liga de la justicia separada del plano Primum. Sin embargo, si no desviaban esa energía ahora, no habría planos que separar.

Este nuevo huésped venido del vacío hacía sombra a cualquiera de sus predecesores: más inteligente que Vel’Koz, más voraz que su hijo Kog’Maw, más furioso que Rek’Sai, más poderoso que Cho’Gath, más silencioso que Kha’Zix. Un borrón oscuro de garras y dientes, un reguero de vísceras y muerte a su paso.

Los campeones se percataron de la ausencia de esa energía cuando, al morir uno de ellos, no volvía a aparecer pasados unos segundos en la fuente de su bando. Ahora, después de siglos de torturada inmortalidad, podían morir. Y eso lo cambiaba todo.

Una vez levantado el sello, todos comenzaron a recordar sus vidas pasadas, lo que habían sido y por qué estaban allí. Y si bien es cierto que ya nada les esperaba en el plano Primum, longevas deudas podían ser saldadas ese día… o esa noche. Al romperse la barrera, la luz artificial de la grieta se había desvanecido con ella.

De golpe la noche del plano Primum inundó con su oscuridad el campo de batalla

Para muchos su vida ya no tenía valor alguno, pero en el caso de Lucian, su vida entera cabía en el interior de una linterna. Mientras los arcanos luchaban con toda su magia para contener al invasor, él oía la voz de su amada. Senna lo llamaba. Un susurro tenue en todo ese caos. Una invitación.

Lucian… amor mío… ven…

Como bajo un hechizo, el pistolero siguió la sugerente voz hacia una zona apartada de la refriega.

Acompáñame… te extraño…

La voz era ahora más nítida. El hombre recorrió unos cuantos metros más hasta llegar a un claro en el bosque.

Ya casi estás Lucian… vamos… acércate… quédate conmigo…

Una figura fantasmagórica salió a su encuentro. El característico verde de las almas de sus víctimas brillaba en la linterna. Ante él se encontraba su némesis, aquel que le había arrebatado todo lo que amaba en este mundo. Thresh, el carcelero implacable.

La voz de Senna se retorció hasta cambiar su timbre y desvelar la propia del ser.

Sí, Lucian, vamos, hay sitio para ti también tras estas rejas…

El tono burlón de su voz hacía que la calavera envuelta en el fulgor verde de la tortura diese la impresión de estar sonriendo.

— Thresh, monstruo nauseabundo…—escupió el purificado— Esto termina aquí y ahora.

Vaaaamos, vaaamos, viejo amigo, ¿es que he sido yo el único que ha disfrutado de nuestro tiempo juntos?

— Ahórrate tus palabras, no he venido aquí a charlar contigo.

Oh, ¿no?… entonces… ¿a qué has venido?

Lentamente, Thresh enrolló parte del kusari en la garra derecha y comenzó a hacer girar el arma. El kama silbaba una canción de muerte al cortar el gélido aire.

¿A bailar, Lucian? ¿Has venido a mover tus pies al son de mi kusarigama?

— ¡HE VENIDO A DESTRUIRTE, THRESH! —lágrimas de ira se agolpaban en los ojos de Lucian—. Aunque me cueste mi propia vida.

El filo de la hoz destellaba con cada giro, más y más rápido.

¡JA, JA, JA! —rio el monstruo—. Baila conmigo Lucian. Sé mi pareja una vez más, bailemos juntos esta pieza… quizás, como tú dices, sea la última…

Cadena en ristre, avanzó hacia el hombre con paso decidido.

Seguro que sabes los pasos… tu amada Senna se los sabía muy bien, amigo mío. Bailó conmigo como nunca nadie lo había hecho antes…

Con determinación en sus ojos, Lucian alzó una pistola y disparó. Un haz de luz iluminó el claro en dirección a la cabeza de Thresh. Este interpuso el farol en la trayectoria del proyectil sin dejar de avanzar haciendo girar la hoz. Una vez en rango lanzó su cadena como si de un látigo se tratase. A su vez, el pistolero esquivó el ataque con un ágil movimiento de pies sin parar de disparar.

Los destellos blancos mordían con avidez el farol de almas que la criatura enarbolaba como escudo. Almas torturadas por siglos, doblegadas y sumisas que su eterno dueño manejaba a voluntad con el cobarde objetivo de separarse de la ofensiva de su oponente. ¿Cuánto soportaría el escudo? ¿Hasta cuándo podría Lucian seguir esquivando el filo de la muerte?

Allá donde apuntaban las pistolas el escudo verde llegaba antes para bloquear. Allá donde el látigo se descargaba, Lucian ya no estaba. Una danza de destellos que seguía el rítmico latir de la batalla. Una coreografía en la que salirse del tempo tendría fatídicas repercusiones.

Ninguno daba cuartel al otro, pero mientras la barrera de almas se alimentaba de vidas ajenas subyugadas, al purgador lo movía el combustible más poderoso del ser humano: la ira. Incansable, se movía sobre la hierba sin apenas tocarla. Rápido como el viento, certero como una flecha. Sus ojos expertos de cazador le decían que las defensas de su presa comenzaban a flaquear.

A medida que la pelea avanzaba, la luz del farol comenzaba a perder claramente parte de su intensidad. Thresh sabía que tarde o temprano la linterna se rompería y quedaría expuesto, pero quería parecer vulnerable. Quería que su próxima adquisición creyese que ya lo tenía, que podía terminar con él. ¿Cuántos valientes pero incautos guerreros no habían caído antes en las mismas tretas?

Esto está siendo aburrido Lucian. Permíteme que ponga fin a este sinsentido.

Pivotando sobre sí mismo hizo girar varias veces el arma sobre su cabeza para lanzar un envite especialmente fuerte en dirección oblicua con respecto al suelo. Como hasta el momento, el tirador esquivó una vez más las cadenas de la muerte. Pero mientras cambiaba el peso de pierna se dio cuenta de que él no era el objetivo. En lugar de recoger la cadena tras haber errado el golpe como siempre, la criatura dejó que el filo recorriera la trayectoria completa hasta anclarse al suelo. Recogiendo parte de los eslabones alrededor de la mano se impulsó hacia delante hasta colocarse a cuerpo a cuerpo con su oponente.

Lucian, sorprendido por este cambio repentino de estrategia, intentó poner espacio entre los dos antes de que la hoz se arrancase de la tierra. Sin embargo, farol en ristre, el torturador de almas se abalanzó salvajemente sobre él y lo golpeó en la sien, desequilibrándolo y haciendo que soltase las pistolas.

Con pánico, el hombre buscó sus armas con las manos. La sangre brotaba profusamente de la brecha en su cabeza, nublándole la vista y la capacidad de pensar. Finalmente encontró encontró una de las pistolas y la apuntó hacia su agresor. Pero esto era exactamente lo que estaba esperando. Con un hábil movimiento de muñeca envolvió el brazo derecho de su víctima con la cadena de su kusarigama, y el afilado metal se hundió en la carne. Un grito de dolor desgarró la noche y una exclamación de júbilo le contestó.

¡Al fin mío, Lucian!

Agarrando la cadena con sendas manos, Thresh comenzó a tirar de ella hasta que el preso hincó las rodillas en la fría tierra. La sangre de la herida se mezclaba con las lágrimas de desesperación. Ahora estaba a merced de su carcelero personal y sabía que su muerte no iba a ser lenta.

No te preocupes viejo amigo, te he guardado un sitio especial junto a tu amada. Compartiréis la misma tortura por toda la eternidad. Recuerdo perfectamente el momento en el que la añadí a mi colección. Gritaba tu nombre como una niña desvalida…

¿Era este el desenlace de su historia? Primero con el alma de Senna y ahora con la suya, Thresh terminaría dos veces con la vida de Lucian. Un triste final para tan oscura historia… Solo que este no era todavía el final. No podía serlo. Se negaba. No podía morir sin vengar a su mujer. Con renovada determinación se aferró a la cadena que lo unía al monstruo y comenzó a tirar de ella.

Necio… ¿qué crees que estás haciendo?¡Pienso arrancarte el brazo!

La burla se transformó en indignación al ver que su presa intentaba apropiarse de sus propios medios. Lucian siguió tirando de la cadena, acercando más y más a la criatura hacia si. Esta ancló los pies firmemente en el suelo y dio un latigazo haciendo al hombre perder el apoyo. Yaciendo en el suelo, empapado en su propia sangre, palpó el suelo ansiosamente. La otra tenía que estar por aquí, en algún sitio, entre la hierba…¡Ahí! La inconfundible S tallada en el lateral. La pistola de su pareja. La empuñó con la mano izquierda mientras se ayudaba de la cadena envuelta en su brazo derecho para incorporarse. Thresh necesitaba ambas manos para mantener a Lucian sujeto, pero él solo necesitaba una para vengar a Senna.

Con la energía de su fuero interno descargó toda su rabia en el causante de la pérdida de todo lo que amaba. Sin farol que lo protegiese, los proyectiles perforaron la armadura sin encontrar resistencia. La luz purgadora quemaba el espíritu que esta albergaba.

La indignación se transformó furia castigadora. Mientras su cascarón se rompía en pedazos continuó tirando de sus cadenas, intentando acercar su destino al de su ejecutor. Un grito de ultratumba y la carne se desgarró dictando su sentencia de muerte. Pero Lucian no se detuvo. Ya no sentía dolor, continuó disparando con el otro brazo. Este sería su último sacrificio.

Los restos de la diabólica armadura se deshicieron en el suelo y, sobre ellos, el cuerpo mutilado derramaba su sangre mientras el cerebro se aferraba a los últimos instantes de consciencia.

Este sí parecía el final. El descanso eterno tras saber vengada a su otra mitad.

Solo que este… tampoco era el final.

Escrito por: Gellido

 


Capítulo 2: Carroñeros de la guerra

Pisadas metálicas arrancaban crujidos escarchados del manto de muerte que cubría la grieta. El silencio de los caídos se veía interrumpido por el monótono y apagado ruido de la maquinaria de extracción. Normalmente era suficiente con los bots estándar para manipular los dispositivos de búsqueda y recogida, pero esta vez era diferente. Esta vez quería estar él personalmente. La luz amarilla de sus lentes escrutaba el campo de batalla, ahora frío y en calma.  Los lectores habían registrado picos de energía excepcionalmente altos que el dron de reconocimiento pudo marcar de forma aproximada en su holomapa.

Cuatro nodos parpadeaban en una representación tridimensional de la zona de búsqueda. Otra fuente de energía había alcanzado unos máximos mayores que las otras cuatro, pero había desaparecido demasiado pronto como para poder siquiera calcular un área de probabilidad de localización.

“Una pena.” —se lamentó el bioingeniero— “Habría sido un magnífico objeto de estudio.”

Tres de los objetivos fueron fáciles de encontrar ya que se encontraban cercanos unos a otros. Mediante comandos de su consola dirigió a los bots en el proceso de encapsular los cuerpos en las vainas de suspensión.  Sus corazones se habían detenido hacía poco y los tejidos no estaban irreversiblemente dañados, sería sencillo hacerlos operativos de nuevo.

Encontrar el cuarto llevó un poco más de tiempo. Siguió el holomapa hasta un claro separado de la refriega principal. Empleó varios minutos en inspeccionar el cuerpo. El brazo izquierdo había sido violentamente arrancado a la altura del hombro, y una gran cantidad de sangre cubría tanto el cadáver como una especie de artefacto metálico resquebrajado a su lado.

“Hmmm… necesitará un mechaimplante para reemplazar la extremidad perdida, pero creo que podremos sacar provecho de él. Comenzaré por aplicar un parche termosellante en la herida para cortar el sangrado y evitar posibles infecciones.”

Se disponía a dirigir de nuevo el proceso de recuperación cuando una alarma saltó en la consola de su muñeca:

SEÑAL PERDIDA

Uno de los bots había dejado de funcionar de repente. Extrañado, buscó con la mirada en busca de la máquina. Pero antes de que consiguiese establecer contacto visual una segunda alerta de pérdida de señal apareció en su consola. Y una tercera. Y una cuarta.

Otra luz se apagó en su consola mientras cambiaba los robots del modo rastreo al de defensa. Los restantes se colocaron en círculo a su alrededor con sus cañones apuntando hacia la oscuridad de la noche. Los ataques cesaron y el ingeniero tuvo unos instantes para examinar las unidades inoperativas. Desmembradas, yacían a su alrededor inertes como marionetas enormes. Los cortes eran impecables, de cirujano. No era capaz de identificar de qué amenaza se trataba, pero sabía que se aprovechaba de la oscuridad. Viendo lo que le había ocurrido a las máquinas, descartó que fuese un atacante que no se desenvolviese bien en cuerpo a cuerpo. Por lo tanto, la opción que quedaba… era que atacase en solitario.

Un silbido apagado acarició el silencio. El robot más cercano a su flanco derecho realizó un movimiento de cabeza brusco hacia la izquierda y cayó desplomado. Había sido capaz de interceptar el ataque para cumplir su tarea de protegerle. Una estrella de tres puntas se hallaba profundamente incrustada en su monovisor. Comprendió entonces que el peligro era mayor de lo que pensaba. Sus dedos expertos surcaron la consola introduciendo dos comandos. Alzó el brazo y de ella surgió un fogonazo de luz que alumbró un área de 15 metros a la redonda. Acto seguido golpeó el suelo y el aire vibró con una onda expansiva. La densidad del aire aumentó, dificultando el movimiento a su alrededor. Nervioso, buscó a su atacante sabiendo que tenía solo unos segundos antes de que el ambiente volviese a la normalidad.

Otra estrella de tres puntas, detenida en la mitad de su trayectoria, parecía dirigida directamente a su cabeza. Al final de la línea de dirección, los ojos rojo sangre de una figura humana lo observaban con intensidad. Había algo en él que extrañaba al científico. Generalmente cuando atrapabas a alguien en una onda de contención solían retorcerse asustados, intentando escapar. Sin embargo, su atacante mantenía una postura completamente estática, relajada.

“La postura de alguien que sabe que ha ganado” —pensó el bioingeniero.

Pero, ¿por qué? Se hallaba paralizado y completamente expuesto. Sin pensarlo demasiado, preparó un criopulso para congelar el cuerpo de este intrigante asesino. Una vez de vuelta en el laboratorio, resultaría un magnífico espécimen de estudio. Apuntó con la palma de su mano al objetivo y pulsó el comando en la comuconsola. Pero mientras el proyectil viajaba, cayó en la cuenta de que había algo más fuera de lugar… algo que faltaba… su sombra.

Cuando el haz frío llegó a su destino, lo único que encontró fue humo. Por el contrario, fue él quien sintió el gélido tacto de la muerte en su cuello. El filo de un katar acariciaba su yugular dibujando un fino hilo de sangre.

—¿Qué tipo de magia ha sido esa, hechicero? —la voz era grave, áspera.

—¿Magia…de qué estás hablando?

—Hace un instante. No podía moverme… ¿por qué?

Entonces entendió que si el asesino lo quisiera muerto ya lo estaría. Lo único que lo mantenía con vida era la curiosidad.

—Se… se llama tecnología. Es similar a la magia, pero más avanzada.

La voz tardó unos segundos en volver a oírse, un tiempo que se hizo eterno.

—Quiero… más poder.

Los ojos del ingeniero se abrieron de excitación. No solo iba a sobrevivir, sino que además tendría un nuevo cuerpo sobre el que trabajar. Uno en perfecto estado. Una sonrisa ambiciosa se dibujó en su rostro biónico.

—¡Y yo puedo dártelo! Te lo aseguro… pero necesito que me acompañes de vuelta hasta mi laboratorio.

El asesino dudo unos instantes, pero apartó la cuchilla del cuello del científico.

—Pero si se te ocurre traicionarme, te arrancaré el corazón tan rápido que podrás verlo latir en mi mano antes de morir.

Algo en el tono de su voz te hacía ver que la amenaza era literal.

—Por supuesto que no, ¿no lo entiendes? Ambos queremos lo mismo, ¡progreso, evolución!

—El poder es lo que busco… y la venganza. Para ello necesito con quien medirme. Necesito que hagas tu magia en alguien más.

Sin decir más se comenzó a caminar hacia la oscuridad esperando ser seguido. Condujo al bioingeniero hasta un cuerpo inerte tendido en lo que anteriormente había sido el epicentro de la batalla.

—Hum… su cuerpo está completamente destrozado… pero lleva poco tiempo muerto. Sería el proyecto más exigente al que me he enfrentado hasta ahora… ¿por qué quieres precisamente a este?

—Porque es el único que podría llegar a hacerme frente.

Intrigado, el científico hizo los preparativos para este cargamento extra.


Lenta y precariamente, Viktor (o lo que quedaba de él) se arrastró por la tierra. Atraído por un foco de luz de una gran intensidad, llegó hasta los restos de los drones.  Parecía que iba a ser su día de suerte. Esta tecnología era mucho más avanzada de la que él había desarrollado siglos antes, pero su intelecto privilegiado le permitiría desentrañar los secretos que esta albergaba.

Afanosamente, comenzó a reconstruirse.

 

Escrito por: Gellido